Transparencia

José María Sánchez Cañabate · Almería

310517

Uno de los legados que nos ha dejado la irrupción de los llamados ‘nuevos partidos’ en la política ha sido la fiebre por la ‘transparencia’. El Ayuntamiento de Almería acaba de aprobar su propia ordenanza de transparencia que, entre otras cosas, permite al ciudadano ver lo que cobran el alcalde y los concejales o escrutar los currículos de los asesores.

En principio no parece mala cosa… ni buena. Sin embargo, el problema viene de la categoría que se le quiera dar a esta ‘moda’. Ahora parece que los ciudadanos podemos estar más tranquilos sabiendo lo que cobra el alcalde o cuántos cursillos de prevención de riesgos y de redes sociales ha hecho en su vida el personal designado digitalmente para colaborar con el equipo de gobierno. Y sobre todo, parece que hasta este momento, los ciudadanos estábamos poco menos que siendo timados porque no manejábamos esa información.

Sinceramente, me parece penoso que nos intenten satisfacer, calmar, hipnotizar, sedar o incluso engañar con este tipo de placebos infantiles.

Pero el gran problema no es ése. El problema es que estas leyes y ordenanzas de transparencia están consiguiendo objetivar procesos que no son en absoluto transparentes. Hace tiempo que los políticos han dimitido de sus funciones de gobernar, que les han sido encargadas por la ciudadanía a través de las urnas, en favor de los funcionarios: técnicos, secretarios, interventores, etc.

Ahora, los concursos públicos se han convertido en mercadillos donde los servicios públicos al ciudadano se subastan al peso y los ganan las empresas que ofrecen el servicio más barato. La opinión del político, a quienes los ciudadanos hemos elegido para que gobierne y cobre por ello, ha sido suprimida y sustituida por unos pliegos con los que los ciudadanos estamos muy contentos porque son transparentes, pero en los que la valoración de las cosas, la ponderación de los servicios y la experiencia, se ha suprimido y sustituido por unos fríos números, casi exclusivamente económicos.

El miedo del político a ser acusado de que concede contratos públicos a amigos, cuñados o vecinos de enfrente le ha llegado a dimitir de su función de gobernar, que no es ni más ni menos que tomar decisiones; y la presión de los propios políticos ha hecho que esa responsabilidad pase a los técnicos, a los funcionarios, ¡qué democrático todo!: ahora nos gobiernan unos señores que han aprobado unas oposiciones.

Ésa es una de las consecuencias de la transparencia; todo es muy transparente. ¿Y democrático?

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