Santiago Martínez Cabrejas

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 270215

Ayer se fue un pedazo grande de la Transición a la democracia en Almería. Se fue Santiago Martínez Cabrejas, la demostración más palpable de que se puede ser buena persona siendo político. Posiblemente él no haya sido el mejor político de nuestra historia, pero sí optaría con fuerza al galardón de mejor persona dentro de la política. Si yo fuera político, posiblemente no me molestaría en absoluto que, antes y después de mi muerte, el diagnóstico de la mayoría sobre mí fuera tan unánime como sobre él: una buena persona.

Martínez Cabrejas es historia de Almería, más allá y por delante de todos los políticos que hoy están en ejercicio. Él hace años que se ganó un lugar para la posteridad en el marco almeriense y posiblemente siendo de los políticos que menos lo haya deseado.

Era un señor muy sencillo, Martínez Cabrejas, sin dobleces, sin aspiraciones, sin maldad. Fue el primer alcalde de Almería en la democracia y repitió hasta tres veces consecutivas. Luego pasó a un segundo plano, para dejar primero a su compañero de partido Fernando Martínez y más tarde a otra formación, el PP, con Juan Megino.

Sin embargo, casi una década después, el PSOE, su partido, se dio cuenta de que lo necesitaba para poder volver a gobernar… y lo recuperó. Cabrejas vivió una segunda etapa en la alcaldía, gracias al milagro de su elección, después de estar casi retirado y de para el PSOE el triunfo electoral fuera casi una quimera.

Entonces, el triunfo de los socialistas se basó, más que nunca, en la persona, en una buena persona, que era Santiago. Se dio la casualidad de que en su último mandato, Cabrejas pudo disfrutar de la presidencia de Almería 2005, uno de los muchos proyectos que puso en marcha en su primera etapa en la alcaldía.

Y como vino, se volvió a ir. No quiso ser reelegido, en mitad de una batalla política en el seno del PSOE a la que permaneció al margen y de la que no quiso saber nada. Le dio al PSOE sus primeras victorias democráticas en el Ayuntamiento de Almería y también la última. Desde su adiós, su partido no ha vuelto a gobernar en ninguno de los principales feudos municipales de la provincia. Ni parece tener muchas esperanzas de cambiar esa tendencia.

La ciudadanía no es tonta y, en 1999, con el alcalde Megino recién ungido del éxito de Almería 2005, Cabrejas supo convencer a la gente de que se podía votar en clave de bondad. Y así ganó las elecciones, para gobernar en pacto con Izquierda Unida sin que durante los cuatro años hubiera una voz más alta que otra. Con Cabrejas no era fácil discutir.

Como digo, se ha ido una buena persona, un hombre que ayudó en su vida a todo el que pudo. No ya en la política, sino en la vida en general, andamos huérfanos de buenas personas. Nos quedamos con la duda de si los almerienses se lo hemos dicho, en vida, lo suficiente.

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