Radicalizacion yihadista

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 200616

Según una información de Ideal, que a su vez cita fuentes del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), perteneciente al Ministerio del Interior, que en Almería existen 1.157 puntos de riesgo de radicalización yihadista, lo cual supone que la provincia está en el segundo nivel de mayor riesgo, estando en el primer nivel únicamente las provincias de Madrid, Barcelona y Murcia.

Este informe designa como puntos de riesgo de radicalización yihadista comercios donde se pueden reunir personas de esa tendencia (por ejemplo locutorios), lugares de culto y, en general, espacios de reunión en los que puede encenderse la mecha de la radicalidad.

Por comunidades autónomas, sólo Cataluña supera en riesgo a Andalucía, puesto que en nuestra región el número de puntos se eleva a 4.453.

El estudio nos produce una doble sensación: por un lado, la del lógico temor a que la escalada de actos violentos e incluso terroristas empiece a hacerse habitual en España, como lo es en países islámicos, en algunos de los cuales ello ha acabado directamente en guerra; y por otro, el temor a que la parte de los islamistas que son radicales termine por generar una reacción generalizada anti musulmana por parte de la comunidad española.

Ambas cosas son reprobables y muy negativas para una sociedad que, en cambio, bien podría vivir en sana convivencia entre culturas de diferente identidad, lo cual sería sinónimo de enriquecimiento cultural mutuo y de crecimiento intelectual de sus integrantes.

Pero la realidad es que hay una parte del islamismo que no cree en esa convivencia y que, es más, aboga por la violencia para imponer sus postulados; mientras que también hay una parte de la sociedad originariamente española que tampoco apuesta por la sana convivencia, puesto que manifiesta un claro rechazo a lo diferente.

Y mientras tanto, ¿qué hacen las autoridades, que son en las que la propia sociedad tiene delegada la adopción de medidas para que, efectivamente, se pueda seguir conviviendo pacíficamente en nuestra tierra?

Pues al margen de estos informes, espero que nadie se enfade, pero la realidad es que hace bastante poco o, al menos, bastante poco efectivo. Esperemos que publicaciones como ésta sirvan, al menos, para cambiar esa realidad y para que las instituciones se pongan las pilas con un problema que ya no es propio del otro lado del charco, sino que está aquí afincado, a la vuelta de la esquina, en la puerta de casa o, incluso, dentro de ella.

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