No nos merecemos a Pablo Iglesias

José María Sánchez Cañabate · Almería

 281016

Ayer, este país que llamamos España se jugaba mucho en el Congreso de los Diputados. Se iniciaba el proceso de la investidura de Mariano Rajoy, tras dos intentos fallidos y dos elecciones generales de igual cariz.

Quien más, quien menos, los partidos políticos han hecho un ejercicio de responsabilidad para afrontar, repito, un momento histórico, un punto de nuestra trayectoria como país en el que hace falta dejar a un lado los egoísmos e intereses personales y pensar sobre todo en el colectivo.

¿Todos? Por supuesto que no. Ayer hubo dos partidos políticos que volvieron a dejar claro que este país no se merece tener en el Congreso a sus representantes. Uno de ellos, obviamente, es esa mezcla de nacionalistas catalanes que, lejos de trabajar denodadamente y con inteligencia y constancia por un objetivo que entiendo que puede ser perfectamente legítimo, como la independencia de Cataluña, se van a lo fácil y lo intolerable, como es decir que no van a respetar la ley, simplemente porque no les conviene para sus intereses.

Pero hay otro partido cuya existencia en el Congreso es aún más intolerable. Efectivamente, hablo de Podemos, un partido que no sólo está absolutamente huérfano de la responsabilidad que hay que exigirle por encima de todo a los representantes de la ciudadanía en tan complejo e importante encargo como es el de la acción de legislar, sino que vive exclusivamente del circo, del espectáculo cuando más zafio mejor, de la bronca más barriobajera de la que Pablo Iglesias y sus secuaces son capaces.

Iglesias se superó ayer: no pudo ser más bajo, más provocador, más ofensivo. Iglesias ayer no pudo saltarse más cualquier tipo de norma de convivencia, de respeto. Es muy bonito, a la par que populista, aquello de que no se respeta a los rivales porque sencillamente no le gustan a uno. Pero lo que no puede esperar un tipejo de esta bajísima estofa es que, sin respetar a los demás, éstos tengan que respetarlo a él.

Ayer Iglesias insulto, ofendió, acusó de delincuentes a sus compañeros de Congreso, que son eso aunque le pese: compañeros. Decir en el hemiciclo que en el interior de éste hay más delincuentes que fuera de él es una frase que no se puede tolerar a este tipo, que comanda una pandilla de niñatos mal criados, nacidos en el bienestar y crecidos en la abundancia de buenas familias, pero disfrazados ahora de proletarios de aspecto pijo.

Y la democracia, nuestro sistema de libertades, derechos y respeto a ambas cosas, no puede permitir impávida cómo se insulta a aquellos ciudadanos a los que hemos elegido para que nos representen.

 

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