Navidad… bajo el puente

José María Sánchez Cañabate · Almería

 231214

Hemos conocido la situación gracias a un magnífico reportaje de Rafa Espino, compañero de Diario de Almería. Tan magnífico como lamentable en cuanto a su contenido (http://www.elalmeria.es/article/almeria/1926075/historias/bajo/la/rambla.html). El Puente de Las Almadrabillas, el que supone la desembocadura de nuestra imaginaria Rambla y la entrada de aguas de la bahía en un trocito de la ciudad, se ha convertido en el ‘hogar’ de una serie de personas que no tienen otro sitio adonde ir.

Son personas como tú y como yo: con padres, algunos con hijos, con historias, con ilusiones y anhelos, con fracasos, muchos, pero también con la esperanza de poder salir algún día de ese agujero en el que se han metido en parte, en el que la sociedad los ha condenado, por otra.

En mitad de un ambiente húmedo y maloliente, sobre un muro de apenas metro y medio de ancho (lo que mide tu cama, seguramente), rodeado de botellas, envases y residuos de todo tipo, incluidos los orgánicos, pasan sus eternas noches este grupo de ciudadanos; sí, sí, ciudadanos.

En el artículo del compañero Espino se habla de “zona turística de la capital”, que estando de esa guisa no da demasiado buena impresión al turista. Pero, sinceramente, ello queda en una mera anécdota, al lado de la visión de que personas como nosotros tengan que pasar esta Navidad, y el mes de enero, y febrero y quizás así por mucho tiempo, al no tener otra opción para sobrevivir.

La pobreza, las necesidades y la miseria más absoluta no es patrimonio de los países del ‘tercer mundo’. Es lo que, desde hace ya mucho tiempo, se denomina ‘cuarto mundo’, un pozo de vergüenza a la vuelta de la esquina, junto a nuestras casas, que se desarrolla, se mantiene e incluso crece sin que hagamos absolutamente nada, sin que a ninguno se nos caiga la cara por los suelos.

Es evidente que las instituciones, los gobiernos y nuestros representantes públicos tienen muy buena parte de la culpa, puesto que este tipo de necesidades, absolutamente básicas, quedan en un segundo lugar al lado de otras inversiones mucho más cuantiosas y, por supuesto, mucho menos perentorias que la propia supervivencia de estos seres humanos.

Pero el resto también tenemos nuestra parte de culpa; quienes vivimos absolutamente al margen de estas situaciones, mirando permanentemente hacia otro lado y no aportando absolutamente nada para contribuir a una solución que no es ni mucho menos imposible.

Hay excepciones. Existen personas abnegadas y solidarias que trabajan cada día para ayudar a salir de este pozo a éstas y otras personas. Pero son pocos, hemos de reconocerlo. Quizás en estas fechas, en las que parece que es obligatorio ser un poco mejores personas, haya más gente que se anime a la solidaridad, pero mucho me temo que los del puente seguirán allí por mucho tiempo. Y mientras, el mundo rueda.

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