Manipulado

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 210316

No tiene muy buena prensa el término manipular. Solemos asociarlo a tergiversar, a controlar e incluso a engañar. Manipular es tocar con las manos y, por ejemplo, gracias al manipulado, cada día podemos comprar en las tiendas los productos hortofrutícolas, aquí y en Oslo, bien preparaditos, ordenados, habiendo pasado controles de calidad y de calibrado y con bastantes más garantías que si fuéramos a la mata a cogerlos.

Este fin de semana se ha desconvocado la huelga del manipulado hortofrutícola que había convocada para esta semana. Y se ha desconvocado porque las partes sentadas a la mesa, sindicatos y patronal, se han puesto de acuerdo en las condiciones que estaban en entredicho.

Sinceramente, el trabajo del manipulado en este sector es una de las labores más duras que existen: mujeres que trabajan muchas horas al día de pie en una labor absolutamente mecánica que es agotadora física, pero sobre todo mentalmente.

Por tanto, aunando la importancia de este trabajo para el sector y la dureza del mismo, es evidente que hay que buscar fórmulas para remunerar con justicia a las trabajadoras (los y las feministas me permitirán hablar de ‘mujeres’, porque la grandísima mayoría de ellas en este puesto lo son).

Sin embargo, para encontrar esa remuneración justa falta introducir dos factores en la ecuación: la demanda de ese empleo: por un lado, el coste final que se le puede repercutir al producto por esa labor según el mercado y la demanda de empleo que existe al respecto.

Por supuesto, como no podía ser de otra manera en cualquier conflicto laboral, no han faltado los demagogos que han clamado el fin del mundo y han sacado a relucir los conceptos más antiguos y caducos de la lucha de clases, para proponer la revolución de las trabajadoras del manipulado; una revolución que ni ellas quieren ni piensan que sea posible ni útil.

Por supuesto, se ha empezado a hablar de empresas explotadoras, que ganan mucho dinero a cambio de la miseria y la explotación de las pobres trabajadoras. Conceptos éstos sostenidos fundamentalmente por dos perfiles de demagogos: por un lado los sindicatos, verdaderos tumores de las relaciones laborales; y por otro, gentes absolutamente ajenas a este sector, que tocan de oído simplemente en función de un pentagrama basado en sus propias ideas revolucionarias preconcebidas.

Ni es verdad que las empresas del sector se estén forrando (de hecho, muchos años pierden dinero y hay varias que están al borde de la desaparición e incluso en pre-concurso de acreedores) ni tampoco es cierto que se esté explotando a nadie.

Las empresas pagan las horas extras, cumplen los convenios y procuran el bienestar de sus trabajadoras, dentro de la dureza que tiene este trabajo. El problema son los salvadores de la patria, que viven de calentarle la cabeza a los trabajadores para que dejen de entender la realidad que ellos mismos viven y entienden cada día. Por fortuna, hoy por hoy no es fácil que consigan tal fin, basado en la errónea idea de que ellos son muy listos y los demás somos tontos.

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