Las denuncias de Urgencias

Tomás López · Almería

240117

Leo en Diario de Almería que los servicios de Urgencias de los hospitales almerienses son los que más denuncias y reclamaciones reciben, según un informe del defensor del pueblo. En el pasado año 2016 fueron 141 esas denuncias, lo cual supone una cifra creciente con respeto a 2015.

Y, la verdad, no me extraña. En varias ocasiones hemos señalado aquí que el nivel y la calidad de las urgencias hospitalarias siempre deja mucho que desear. Y cada vez que lo hemos dicho, han salido los de siempre a defenderse y a defender el corporativismo médico, al tiempo que, con la boca pequeña, se quejan de las condiciones laborales de los profesionales de la medicina. Algo así como “si alguien ha de criticarnos, seremos nosotros; pero nadie más”.

Resulta que, al menos, 141 almerienses también se han sentido maltratados en este año 2016. Una cifra que, en realidad, será mucho mayor, pero que se queda en eso debido a lo poco dados que somos los ciudadanos en general y los almerienses en particular a manifestar nuestro malestar… y mucho menos por escrito.

Seguramente, lo que lleva a los almerienses a quejarse un poco más sobre las urgencias hospitalarias que sobre otros servicios no sea sólo las deficiencias de éstas, que las tienen, sino también lo delicado de la situación, el hecho de que cuando uno acude a Urgencias lo hace en una situación de emergencia, como su propio nombre indica; de urgencia médica propia o de un familiar.

Estamos ya muchos muy cansados de que nos hablen del mal uso que el ciudadano hace de las Urgencias, es decir, que muchos de los que allí van deberían quedarse en su casa, tomarse un par de pastillas e irse a la cama.

Sin embargo, quienes así hablan, ignoran que los ciudadanos no somos médicos, que no sabemos cuándo una dolencia es grave y cuándo no; y sobre todo, que pagamos nuestros impuestos de manera religiosa, entre otras cosas, para poder recibir una asistencia médica adecuada, profesional y, sobre todo, cercana y humana.

Las horas de espera, la absoluta desinformación que los pacientes y sus familias sufren durante horas, el hacinamiento en salas de espera y pasillos y las malas formas que en ocasiones se reciben de los profesionales no son, desde luego, una asistencia profesional y humana.

Por tanto, es normal que haya quejas. Lo raro es que haya tan pocas. Pero claro, si cada vez que las hay, sale el ‘ejército’ corporativo a defenderse unos a otros, es más que lógico que los ciudadanos prefieran no meterse en líos.

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