La violencia y el género

Álvaro Fuentes Soler · Almería

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El pasado viernes, la principal noticia, por no decir única en los medios, era la de la conmemoración del Día Internacional Contra la Violencia de Género. Asistimos a una carrera, especialmente de los políticos y cargos públicos, por colocarse lo más aventajadamente posible en la foto del apoyo a la causa, no vaya nadie a perder el sitio.

Empezaré por decir que me repugna cualquier acto de violencia, sea de quien sea contra quien sea; y que me parece especialmente repugnante cuando el acto violento se produce por parte de alguien que hace valer su posición de fuerza,  sea cual sea ésta, pero especialmente si esa posición se deriva de la fuerza física.

En esta línea está, sin duda, la violencia del hombre hacia la mujer, un acto intolerable e injustificable desde todo punto de vista. Abusar de la fuerza física ante una persona más débil tan sólo refleja una debilidad mental que, en ocasiones, se deriva de un poso social de años de machismo instalado en la sociedad y en otras ocasiones es simplemente una postura individual de quien no merece ser llamado humano.

Y dicho todo esto, no me cabe la menor duda de que la causa de la violencia del hombre contra la mujer se ha convertido en uno de los asuntos manejado con mayor demagogia en la actual sociedad, hasta el punto de que se está midiendo con el mismo rasero a causas que son intolerables delitos que han de ser perseguidos y castigados y a comportamientos en los que el papel de víctima y el de verdugo están absolutamente intercambiados.

Hoy en día, nuestros políticos y la sociedad en general han permitido que, debido al terrible problema de la violencia de género, la ley haya admitido una también intolerable discriminación hacia el hombre, que consiste en que cualquier hombre es considerado culpable de violencia de género si no es capaz de demostrar su inocencia. Explicado de otro modo: un hombre acusado de haber maltratado a una mujer ha de demostrar que es inocente, al contrario que en el resto de los casos judiciales de nuestro ordenamiento.

Es evidente que hay que luchar contra la violencia del hombre hacia la mujer, pero con el mismo ahínco y solidez que contra el resto de violencias. Hoy día, por ejemplo, nadie dice nada, nada se hace con respecto a la otra violencia de género, la de la mujer hacia el hombre, la de las falsas denuncias de género, que son un verdadero insulto y agresión hacia las propias mujeres que verdaderamente han sido maltratadas por hombres, hacia la ‘industria de la violencia de género’ que se nutre de estas denuncias falsas, de abogados e institutos públicos que instan a la denuncia por encima de todo y sin detenerse a comprobar la veracidad de los hechos.

Ello, con ser mucho menos grave que una agresión, adquiere una relevancia importante al ser un fenómeno creciente que está absolutamente silenciado social e institucionalmente.

Concluiremos estas líneas con una frase: ‘la violencia no tiene género’, o dicho de otra manera, la obligación de las instituciones y de la sociedad en general es luchar contra la violencia, contra toda y no sólo contra una parte; y sobre todo, luchar con la ley y la justicia en la mano, preservando el principio de igualdad ante la ley que, en este caso, se vulnera discriminando claramente al hombre.

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