La presión humana en Cabo de Gata: el fin del mundo está cerca

 José María Sánchez Cañabate  · Almería

 010216

Hay noticias que conviene explicar, que necesitan ser explicadas. Ayer, en Ideal, leíamos un reportaje cuyo titular era que “La presión humana sobre las playas de Cabo de Gata creció un 20% en 3 años”. La noticia la escribe un periodista conocido en los ámbitos periodísticos por su afinidad con el ecologismo; no es que el dato influya sobre la información, pero conviene conocerlo.

Como conviene especificar, también que, efectivamente, ese porcentaje puede ser real, como seguramente el número de visitas a la zona del Estadio de los Juegos Mediterráneos creció, en más de un 99,9% entre los años 2001 y 2005.

Los porcentajes son importantes, pero los datos absolutos también. Dando por buena esa cifra porcentual, habrá que convenir que las playas del Cabo de Gata siguen teniendo, de lejos, de muy lejos, las cifras globales más bajas de visitantes de toda la costa andaluza, es decir, que aún a pesar de ese crecimiento, soportan menos “presión humana”, término que refleja el reportaje en cuestión.

Es curiosa esta actitud del ecologismo, tendencia que habitualmente se identifica con la libertad y el respeto, pero que tiene más bien todo de totalitarismo y restricción de las libertades. Según su práctica (que no su teoría), según lo que hay detrás de esta información, lo idóneo es restringir el acceso a determinadas zonas a las personas; bueno, habría que decir más bien a un segmento de personas.

Porque para estos señores, los pobladores, por ejemplo de la Cala de San Pedro, hippies que viven allí acampados sin ningún tipo de servicio, de garantía de salubridad o de control, eso no tiene ningún problema, eso no supone una degradación del medio natural, a pesar de que viven allí los 365 del año sin que se sepa (o mejor, sabiéndose bien) qué es lo que hacen con sus basuras y con sus restos orgánicos, seamos finos al denominarlo.

Sin embargo, para estos señores, el que tú y yo queramos ir el domingo a echar unas carreritas por las playas del Cabo de Gata, a dar un paseo con la familia, a disfrutar de un día de sol y playa o sencillamente a comernos una paella en un restaurante es una brutalidad que no se puede consentir.

Quizás habría que recordarles a estos señores que hay sistemas que garantizan una conservación bastante mejor de los lugares donde hay restaurantes próximos a la costa que la que se puede observar por ejemplo en la mencionada Cala San Pedro; que hay lugares magníficamente conservados en nuestra costa y en los que hay restaurantes e incluso otro tipo de servicios, sin que ello afecte al medio natural.

Pero sobre todo, habría que preguntarles a estos señores cuál es la razón por la que ellos mismos sí están autorizados por la vía divina a disfrutar de las playas y el resto de los mortales somos ‘veneno’ para el medio ambiente de las mismas, a los que hay que prohibir no sólo que podamos comer sentados en una silla y delante de una mesa frente al mar (y no sólo de bocadillos y latas de sardina, con la diferencia que ello supone en el rendimiento económico del turismo de la zona).

Por último, quizás convenga recordar que este reportaje sale a la luz justo cuando se está debatiendo si debe haber un restaurante o no en la Playa de Mónsul y que el texto no se esfuerza en disimular la relación entre ambos temas; es decir, que lo que este reportaje propone es, más allá de informarnos de nada, inducir nuestra opinión hacia el postulado de que poner un restaurante allí es una locura propia de quienes queremos ‘quemar’ el planeta.

¡Arrepentíos, porque dado el ratio de paellas playeras per cápita, el fin del mundo está cerca!

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