La nueva casta andaluza

José María Sánchez Cañabate · Almería

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Los que desde hace cuatro años llevamos escuchando el mantra de ‘la casta’, de la soplaminguez ésa del ‘no nos representan’ y de la revolución y todas esas milongas de los años 30, trasplantadas ahora a los tiempos modernos por nuestros amigos de Podemos, estamos empezando ahora a disfrutar como posesos ante el lamentable espectáculo de estos amiguetes haciendo justo lo que criticaban anteayer.

Les ha bastado medio minuto en el poder para subirse los sueldos hasta límites sonrojantes, para rodearse de sus amiguetes y familiares a dedazo limpio, para hacer asesores a sus cuñados y sobrinas, para justificar lo que antes criticaban como intolerable y para olvidar sus promesas en el baúl de los recuerdos. ¿Algo nuevo bajo el sol?

La última la ha protagonizado Teresa Rodríguez, lideresa de Podemos en Andalucía que, ante la tesitura de verse rubricada en el poder, ha tomado una primera medida de inconfundible ‘castidad’ (de casta): le ha dado dos patadas en el trasero a todos aquellos que no los apoyaron en sus magníficas elecciones primarias.

Y entre los damnificados por su poca falta de previsión, al no apoyar a la candidatura adecuada, figuran los que mandan en Podemos Almería, que apostaron por otra candidatura y ahora se ven fuera de la ejecutiva provincial.

De nuevo, ¿alguna novedad con respecto al resto de partidos, aquellos a los que llamaban casta o vieja política? De nuevo, ¿algo nuevo bajo el sol?

Seguramente haya habido quien se haya creído todas las milongas: la del sacrificio por el pueblo, la de la solidaridad como manera de hacer política, la de la ausencia de protagonismos y la renuncia a los privilegios, la del fin de las guerras de poder y de los personalismos.

Es muy sencillo: Teresa Rodríguez, como Pablo Iglesias, como Echenique, como Errejón y como el resto de líderes del partido ‘anti-casta’ no han sido casta hasta ahora porque no habían ‘tocado pelo’, vamos, porque no tenían con qué pagar tal transformación.

Muchos lo dijimos con solidez y sin dudas: serán ‘casta’ en cuanto lleguen al sillón, pero no porque sean buenos o malos, sino porque son personas; porque el poder en las manos hace tomar decisiones, empujar a actuar y a hacer las cosas como uno cree que han de hacerse, aunque sea rematadamente mal, como es su caso.

Pero tranquilos: todo esto no ha hecho sino empezar. Démosles tiempo para que los casos de corrupción mayúscula empiecen a aflorar como ya lo han empezado a hacer las minucias. Pronto los escándalos no serán tener un trabajador sin darlo de alta, cobrar una beca por no aparecer por la Universidad o viajar en primera clase cuando se ha puesto pringando a los políticos que lo hacían.

Queridos míos, esto acaba de empezar, pero promete; promete mucho.

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