La deuda de los ayuntamientos y otras malas costumbres en política

Tomás López · Almería

200715

Hay que cambiar muchas cosas en las administraciones, en especial en los ayuntamientos, que son la más cercana de todas, la que más se percibe y donde más notan los ciudadanos los vicios y los fallos incrustados en el funcionamiento normal y cotidiano de estas instituciones.

Los ciudadanos se lo han advertido en estas elecciones a los políticos, pero no todos, o quizás casi ninguno parece haberlo entendido. Queremos que las instituciones se gobiernen como si a quienes lo hacen les importara su presente, pero también su futuro.

Se siguen repitiendo procesos y costumbres que vienen del pasado más añejo y amarillento, que suponen vicios ocultos, disfrazados de ‘única manera de hacer las cosas’. Y así no. Y lo peor es que ante la tozudez de los políticos de no cambiar determinados comportamientos, la solución puede ser bastante peor que el problema, porque el ciudadano puede cansarse y poner las instituciones en manos de quienes creen que sólo hace falta populismo y voluntad para sacarlas adelante, olvidando la preparación.

Leíamos ayer a la alcaldesa de Garrucha, nueva en el cargo, María López, decir que su consistorio tiene la deuda más alta de su historia, con ocho millones. Hay que recordar, para el que no lo sepa, que Garrucha es un pueblecito costero y marinero que no llega a los 10.000 habitantes. Habría que investigar muy bien cómo diablos ha llegado a acumular una deuda de ocho millones.

Ya sabemos que todos los políticos, cuando llegan al cargo, tienden a asegurar que todo lo que hicieron sus antecesores estaba muy mal hecho. Sin embargo, no estaría mal que el anterior alcalde explicase si es verdad esto de los ocho millones y cómo ha conseguido tal ‘proeza’.

Sea o no cierto, es bastante probable que, no éste, sino cualquier otro alcalde, si tuviera que pagar él la deuda de su bolsillo, se pensaría mucho más meter al ayuntamiento en trampas de ese calibre y de otros peores.

Pues lo dicho: esta costumbre de endeudar los ayuntamientos hasta las cejas es una de tantas malas costumbres que han heredado los políticos generación tras generación, al margen de otras que se resumen en acometer proyectos pensando más en sí mismos que en los ciudadanos en sí.

Habrá que ver si la amenaza de los movimientos ciudadanos, de los cuales nos libre la providencia, visto lo que estamos viendo, al menos sirve para que los partidos de siempre se ponen las pilas y empiezan a pensar en el ciudadano y sobre todo a actuar con el dinero con la misma prudencia que si fuera suyo.

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