El sordo en la sala de espera

José María Sánchez Cañabate · Almería

310717

No es un chiste ni una broma; es una triste realidad. Una realidad que ha sucedido, cómo no, en la sala de espera de eso que nos empeñamos en seguir llamando hospital, pero que funciona con la misma eficiencia y eficacia que cualquier otro de los que podríamos encontrar al otro lado del Mediterráneo.

A todos nos consta que en la sanidad almeriense, andaluza y española hay deficiencias estructurales, de ésas que hay que achacar a las administraciones; pero tampoco a algunos no nos cabe duda de que hay otras que son absolutamente achacables al personal, parte del cual no está preparado para dar una atención a un público enfermo (en contra de la creencia de algunos profesionales de la sanidad, la gente no va al médico a pasar el rato, sino porque le duele algo) o, en realidad, no está preparado para dar una atención al público.

No creo que haya nadie que no haya acudido al centro hospitalario Torrecárdenas, que es de lo que estamos hablando, y no haya sufrido desprecios, malos tratos y falta de delicadeza y cuidado al ser atendido.

La historia que nos ocupa es como una especie de elevación de todo esto a la máxima potencia, el culmen de la desatención y la falta de cuidado y cariño al paciente.

Juan José Aguilera es un vecino del Bajo Andarax que, como nos cuenta Diario de Almería, acudió hace unos días a Torrecárdenas, repito, como todos, no por gusto sino porque algo iba mal en su salud. Como es normal, a la persona que le atendió, le comunicó su deficiencia auditiva, le explicó el caso y pasó a la sala de espera, tal y como le indicaron.

A partir de ese momento, a Juan José lo llamaron por megafonía en repetidas ocasiones, lógicamente sin respuesta alguna por su parte. Pasadas siete horas, decidió marcharse a casa, perdiendo la esperanza de ser atendido y sin saber que su turno había pasado hacía tiempo.

En mi opinión, lo grave de este caso no es ya sólo que la persona que atendió a Juan José no se enterara de que era sordo; lo verdaderamente kafkiano es que en Torrecárdenas no haya ningún sistema para saber si la persona a la que le toca el turno de ser atendido se ha marchado o está en la sala de espera, que no se sepa si un posible paciente se ha marchado a casa y sin saber la gravedad de su dolencia y, sobre todo, que cuando se llame a turno a algún paciente y éste no acuda, que nadie decida mover el culo de su asiento para averiguar el motivo, dado que la sala de espera está a escasos cinco metros de esos traseros cuadrados y petrificados sobre el asiento.

Y luego tenemos que comernos el discurso triunfalista, demagógico y memo de una calidad de primera y a la cabeza de no sé qué idioteces.

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