El dedo de Cabo de Gata

José María Sánchez Cañabate · Almería

 010416

Se ha liado notablemente parda con el tema de la escalada de marras al denominado ‘dedo de Cabo de Gata’. Resulta que unos chavalotes se han dedicado a escalar el tal monumento natural, enclavado allá por el entorno del Arrecife de las Sirenas, en un acto que ha deteriorado ese símbolo de la naturaleza en Almería y, además, difundiéndolo con jactancia en Internet.

Que el mundo está lleno de tarugos no es cosa nueva; es, al contrario, algo que uno comprueba cada día con el mero hecho de levantarse. Pero que un escalador o escaladores, que se supone que son amantes de la naturaleza, en la que desarrollan sus actividades, se dediquen precisamente a hacerla trizas no termina de cuadrar en ninguna cabeza que esté ubicada medianamente en su lugar.

A su intrépida presunción pública en las redes sociales no ha tardado en responder la sociedad, empezando por los propios montañeros, que han criticado la acción. Me quedo con el comentario de un montañero, precisamente, que habla de que acciones como ésta ensucian al colectivo.

Otros muchos se han quejado y han reclamado sanciones para los obtusos aventureros y más vigilancia para este tipo de espacios.

Estando de acuerdo con la primera de las peticiones, la segunda no me parece sencilla, sobre todo porque no parece sencillo vigilar todos los espacios naturales, para evitar que alguien que dejó el cerebro en casa atente contra ellos.

No imagina uno que haya que poner una pareja de guardias civiles en cada árbol del Parque Natural Sierra María Los Vélez, en la Cueva de los Letreros, en cada paraje del Desierto de Tabernas o en cada cala del Parque Natural Cabo de Gata Níjar, por poner algún ejemplo.

Quien pretenda hacer daño al patrimonio público y universal, natural o artificial, la verdad que lo tiene fácil. Seguramente es un problema que se resuelve más con educación que con vigilancia, pero también con la colaboración de todos, para que quien tiene esas ideas en la cabeza, al menos sienta mucha vergüenza, cuando no miedo, de ponerlas en práctica.

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