El agua: de los polvos de la derogación del Plan Hidrográfico a los lodos de la sequía actual

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 200717

No hay ni una sola persona inteligente sobre la faz de esta tierra que llamamos España que no supiera positiva y certeramente que la derogación del Plan Hidrográfico iba a ser los polvos que se tradujeran en los lodos que ahora disfrutamos graciosamente.

La primera medida que adoptó el intrépido presidente Zapatero, derogando el Plan Hidrográfico para contentar a Cataluña, Aragón y a los amigos ecologistas que no hay charco en el que no metan ambos pies para ponernos a todos pringados de salpicaduras, era una evidencia de futuros problemas con el agua.

Problemas que tenían que llegar en cuanto se agotaran las reservas, que van a ser cada vez más escasas, o llegara un año duro de sequía. Ambas circunstancias han convergido en este año 2017, en el que los agricultores están regando sus invernaderos, ésos sobre los que a todos los políticos se les llenan las bocas de alabanzas, pero por los que mueven bastante poco sus cómodos dedos, a base de escurrir la bayeta de la cocina.

No hay agua y, por supuesto, en opinión de todos los partidos políticos, la culpa es del rival, pero nunca de ellos mismos.

En Almería, la Junta y el Ayuntamiento están dándose de calamonazos a cuenta del agua y quieren vender al agricultor el cuento de que la solución es el agua desalada. Los unos, la Junta, ponen la pelota en el tejado del Ayuntamiento y dicen que es él quien tiene que cifrar a qué precio se compra esa agua; y los otros, el consistorio, asegura que la Junta habrá de subvencionar el líquido, puesto que ha sido quien ha obligado a que el riego sea con esa agua.

Si hace trece años, se hubiera comenzado a desarrollar el Plan Hidrológico Nacional, hoy la agricultura almeriense no tendría el problema que tiene, el riego estaría asegurado, se hubieran dejado de verter al mar millones de hectómetros cúbicos, los agricultores estarían planificando la nueva campaña y los políticos que pasan estos días el incómodo trámite de mancharse los zapatos con la tierra del invernadero, estarían de vacaciones en alguna playa más o menos lejana.

Lo mejor es que, sea o no la desaladora la solución, todo el mundo ha dejado que se llegue a una situación extrema que, por cierto, no sé si se habrán dado cuenta, pero está a punto de estallar, porque los agricultores no aguantan más, porque están hartos de tanto cuento y de tanto ninguneo por parte de las administraciones que luego los ponen por las nubes de boquilla y alaban su capacidad de trabajo, de innovación y de superación, pero que no hacen nada para solucionar sus problemas.

Los agricultores son el patito feo de nuestra estructura productiva. Si terceros países se saltan a la torera las normas europeas, a los agricultores españoles nadie los defiende; si las grandes cadenas explotan al agricultor y le pagan una miseria por sus producciones, nadie los ampara; si el clima echa a perder las cosechas, nadie mueve un dedo; si el mercado obliga a hacer grandes inversiones en lo que sea, el agricultor tiene que apechugar con todo. Y así siempre; así desde hace décadas.

Y ahora lo que toca es regar con agua desalada, seguir echándole más gastos al invernadero, temiendo si saldrán o no las cuentas de la próxima campaña y si serán capaces de levantar algo la actual cosecha, con temperaturas a 40 grados fuera del invernadero y sin agua para poder regar.

Y luego hablan del milagro almeriense. Esto no es un milagro… es lo siguiente.

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