Ébola

Tomás López · Almería

 180914

Hace unos años, el término Ébola empezó a popularizarse a nivel mundial gracias a una película protagonizada por Dustin Hoffman. El argumento era tan fantástico como real: un nuevo virus ataca a la población en África y amenaza con extenderse al resto de la humanidad. Un argumento que era más que eso: era una amenaza gritada desde el continente negro.

Desde entonces, a este lado del charco, ni del otro, nadie ha hecho absolutamente nada por intentar frenar y reducir la enfermedad. En un comportamiento bastante infantil dentro de un mundo absolutamente globalizado, hemos debido pensar que aquello era una enfermedad africana y que allí se quedará, por algo así como el ‘hábitat natural’.

Obviamente no ha sido así y, desde hace unos meses, el Ébola ha terminado de estallar y, como es lógico se ha empezado a mover, a extenderse. Y lo ha hecho a través del camino natural que tiene África hacia el ‘primer mundo’: cruzando el Mediterráneo.

En los últimos meses se han registrado diversas alarmas de Ébola en España y en Europa y ayer mismo se producía uno en Almería, el primero: un varón de 36 años procedente de Guinaea Conakri, que fue atendido con síntomas en un centro de salud roquetero y evacuado al Hospital Torrecárdenas.

También desde hace meses, los centros de salud y los profesionales sanitarios están recibiendo instrucciones precisas y protocolos de actuación sobre qué hacer en casos de síntomas de Ébola. Hoy día, casi cualquier persona con síntomas tan comunes como la fiebre, los mareos o los vómitos pasa a ser sospechoso de Ébola si procede del continente africano.

Existe cierta psicosis al respecto y es normal. En paralelo a administrar esos protocolos de actuación, es conveniente que alguna autoridad más allá de las de los propios países establezca una estrategia sobre qué hacer con este asunto, porque la dejadez con la que se ha tratado hasta ahora lo ha convertido en una amenaza de pandemia mundial.

Mientras tanto, dicha psicosis alcanza a determinados tratamientos, digamos prudentes, hacia las personas que proceden de África o incluso, en general, hacia las de raza negra. Es lo que le faltaba al caldo de cultivo del racismo, en sus más variadas manifestaciones; cuando precisamente ha sido la táctica de tratar al Ébola intentando situarlo en una especie de gueto o compartimento estanco, allá en la ‘lejana África’, que está mucho más cerca de lo que algunos puedan pensar.

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