Del campo a la mesa: ¿es que todo lo demás es gratis?

José María Sánchez Cañabate  · Almería (todo extraída de http://elconocimientosecomparte.blogspot.com.es)

 170214

En una provincia como Almería, resulta curioso observar cómo tanta gente ajena a nuestro sector productivo principal, la agricultura, se pregunta de manera constante y periódica por la gran diferencia que existe entre el precio que se le paga al agricultor por cultivarlos y el que se pide al consumidor en la tienda.

Sin profundizar en un análisis concreto de la agricultura, lo que a nosotros nos extraña es por qué tanta insistencia en exhibir esa diferencia entre costes de producción y precio final, una insistencia que no detectamos en ningún otro producto o sector.

Nuestra extrañeza se basa en que quienes se preguntan tan insistentemente por tal diferencial no parecen sentirse aludidos ni importarles lo más mínimo otros diferenciales parecidos o incluso mayor. ¿Cómo es que nadie se pregunta por la diferencia de precios entre lo que se paga a los empleados de una fábrica de coches por la elaboración de uno de ellos, especialmente los de alta gama, y lo que cuesta el vehículo al final en el concesionario? ¿Y por la diferencia del coste de realización de un traje de alta costura (o de baja) y su precio en una boutique? ¿Y la diferencia de lo que vale el pescado en la lonja y lo que cuesta en una pescadería de Salamanca o de Barcelona? Por no hablar de algo realmente injusto, como es la diferencia entre lo que se le paga a los niños o mayores que confeccionan un balón de fútbol o un chándal en determinados países de Oriente y lo que estos productos luego nos cuestan aquí en España, por ejemplo.

Es evidente que esa diferencia existe y también es obvio que, en muchos casos, es una diferencia amplia.  Y no está mal que haya quien se pregunte por su origen, aunque es, como decimos, raro el que se insista tanto y tantas veces en este sector y tan poco en otros en los que las diferencias entre costes, salarios y precios al público son iguales o en muchos casos mucho mayores.

Y resulta todavía más curioso que también gente del propio sector se asombre de estos diferenciales, como ha ocurrido recientemente con COAG, organización profesional agraria cuya labor es defender al agricultor, lo cual es muy importante no sólo para el sector sino para la economía almeriense en general, pero que debería conocer muy bien la causa de esa diferencia económica.

Parece innecesario explicarlo, pero ante la insistencia, puede ser conveniente recordar que el agricultor, en su proceso de cultivo, elabora un producto que no es en absoluto el mismo que se compra en la tienda. Desde que el tomate, el pimiento o la lechuga sale del invernadero o del campo en el que se ha cultivado, entra en un proceso en el que recibe valores y añadidos que lo van transformando y que cuestan dinero, es decir, que incrementan su valor.

Nadie debe pensar que en Almería Al Día pensamos que no sería justo y positivo que el agricultor percibiera más dinero por los productos que cultiva, puesto que estamos convencidos de que así es, de que el precio que se paga al agricultor debería ser mucho más alto. Pero también pensamos, y lo vamos a explicar acto seguido, que ello no significa en absoluto que la diferencia entre esa cifra y lo que luego se paga en tienda no tenga una base razonable. Vamos a ello:

Lógicamente, cuando sale de las manos del agricultor, el producto pasa a manos de una empresa, que generalmente vela por dotarlo de una serie de garantías de calidad y para el consumidor, le da una forma comercial (cajas, etiquetas, controles de trazabilidad, etc) que el agricultor no le proporciona, sencillamente porque ése no es su trabajo.

Además, para llegar a la empresa, la mercancía ha de transportarse en un camión que vale dinero y que consume combustible y que es conducido por una persona que también cobra por ello. Una vez que sale de la empresa, ya envasado en los formatos que los clientes solicitan, vuelve a ser transformado, con los costes que ello supone de combustible, personal y vehículo. También suponen coste los trabajadores que suben y bajan la mercancía del camión o de la furgoneta, así como los comerciales que lo venden a las diferentes empresas que hay repartidas por toda Europa. Dichos comerciales, además, tienen intermediarios en los mercados españoles y extranjeros, que conforman una red comercial en la que cada una de sus piezas son profesionales con sus nóminas y sus gastos.

Una red que se va tejiendo hasta que el producto llega a la gran superficie, el mercado o la frutería de turno, donde un señor, que también cobra un sueldo o necesita ganar un dinero, se lo vende al consumidor y además se lo pesa en un aparato que también vale dinero, antes de meterlo en una bolsita de plástico, de cartón o de papel, que igualmente tiene su coste.

Es de cajón de madera de pino el hecho de que todos esos costes, todas esas personas que están entre el agricultor y el consumidor y todos esos procesos que experimentan las berenjenas, los brócolis y los melocotones suponen un coste económico y es también muy obvio que todos esos costes se van sumando a la cuenta que, finalmente, paga el consumidor. Pensar que el transportista, el comercial, el control de calidad, el tendero o el jefe de compras de la gran superficie van a hacer su trabajo gratis, es decir, sin coste añadido para el producto, sería tan injusto o tan engañoso como pensar que el agricultor va a cultivar gratuitamente, por amor al arte. Igualmente, sería absurdo pensar que el gasoil, la furgoneta, la traspaleta con la que se monta la mercancía en el camión tanto en la empresa receptora como en el mercado de destino o las cajas, las bolsas de tienda o el peso para administrar la mercancía son gratis, como lo sería imaginar que lo son el plástico del invernadero, su estructura metálica, el riego o las abejas que se usan para polinizar.

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