Bipartidismo y polipartidismo

Tomás López (foto web Antena 3) · Almería

 250514

Posiblemente sea el titular más repetido: ‘varapalo al bipartidismo’. Es la valoración que más se refleja en la prensa, que más trasladan los partidos políticos y que más parece haber cundido entre la sociedad española. No es novedad; a nadie puede haber sorprendido. Desde hace bastantes meses, años, el descrédito de la clase política ha calado hondo, con o sin razón, que ése no es el debate de hoy, y curiosamente la solución que, tras lo visto ayer, se lleva camino de adoptar es dar más protagonismo a los partidos llamados pequeños, con la esperanza de que se comporten de una manera diferente a los que han tocado poder hasta ahora.

Bueno, tendríamos que decir, más bien, los partidos llamados pequeños que de momento no han tenido ocasión de gobernar, porque los que lo han hecho en coalición no parecen haber ofrecido fórmulas que varíen en demasiado con respecto a las maneras que tanto se critican, no sin importantes dosis de manipulación y populismo, en PP y PSOE.

Es curioso esto del bipartidismo y es curioso también tanta carga crítica hacia él, puesto que ahora parece como si, en las últimas elecciones nacionales, nadie hubiera votado a PP o a PSOE. Es algo así como los programas del corazón y los documentales de La 2: todo el mundo ataca al bipartidismo, pero los resultados dicen que la mayoría de la gente sigue votando a PP o a PSOE, incluso en los comicios de ayer, en los que entre ambas formaciones acumulan prácticamente la mitad de los votos emitidos.

De repente, aunque la mayoría de los españoles siguen practicando esa costumbre, parece como si fuera un delito votar a los dos grandes partidos. Todo el mundo parece haber olvidado lo que ambos han hecho durante sus años de gobierno, o mejor dicho, parece haber olvidado lo bueno, porque lo malo, que por supuesto lo ha habido, se recuerda. Posiblemente ellos mismos tienen la culpa de estos olvidos, puesto que en su acción política se han dedicado únicamente a descalificar al contrario, a no reconocer nunca sus méritos y a resaltar sus faltas. Ellos también han contribuido a su descrédito mutuo.

Pero no se debe cerrar este análisis sin hablar también de los otros, de los partidos pequeños, empezando por aquellos a los que ya conocemos en acción de gobierno (Izquierda Unida, Convergencia, Esquerra, …), que no parecen haber ofrecido nada demasiado diferente a lo que tanto se critica de los grandes ni tampoco parecen estar a salvo de los grandes pecados capitales por los que se critica a éstos.  Y siguiendo por los otros, los que nunca han gobernado y que se presentan con la solución y, sobre todo, el adalid de la honradez. Nadie tiene derecho a dudar de ello, pero tampoco nadie puede convencernos ni de la veracidad de tal afirmación ni tampoco de esa falacia de que el resto de fuerzas, las que gobiernan actualmente en unas u otras instituciones, estén entregadas al frenesí de la corrupción; las cifras demuestran que no es así.

Y un último dato, éste histórico, irrefutable: los períodos de mayor estabilidad y crecimiento de nuestro país (y de la mayoría de los países) han sido en los que dos grandes fuerzas políticas han copado los mejores resultados y han tenido suficiente autonomía para tomar decisiones; y los más inestable, improductivos y críticos han sido aquellos en los que muchas fuerzas políticas pugnaban por repartirse el poder. En esos casos, es cuando ha salido a relucir lo peor de los seres humanos y de los políticos. Sólo a modo de reflexión y de toque de atención para que no creamos que las cosas son blancas o negras.

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