Armas en las aulas: ¿Pero esto qué es?

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 241016

Hace unos años, quizás unas décadas, nos llegaban imágenes de películas norteamericanas en las que se veían clases de instituto en las que los alumnos pasaban olímpicamente del profesor, llevaban armas e incluso amenazaban a los docentes. Lo veíamos lejos, como si nos estuvieran hablando de otro mundo.  

Ha pasado el tiempo y, poco a poco, porque esto no ha ocurrido de repente, ese mundo ya está aquí. Nuestros hijos están yendo a clase junto a otros chavales de su edad que portan armas, que los amenazan y los acosan, que amedrentan a los profesores y que han hecho que impere la ley de la selva, amén de haber convertido las aulas, o digamos algunas aulas, en un lugar en el que puede pasar de todo menos que un alumno aprenda algo de provecho.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Sencillo: pasando olímpicamente de la educación, convirtiéndola en un arma política que los partidos se llevan décadas arrojando unos a otros, sin preocuparse en absoluto de la importancia de educar y formar y cambiando las leyes a su antojo cada dos por tres.

Se advertía hace años de la pérdida de autoridad del maestro, del destierro del mérito como elemento en torno al que vincular la actividad docente y de la enseñanza y la educación como dos elementos ligados.

La realidad, ahora, ya innegable, es que los profesores de algunos centros de Almería han puesto ya el grito en el cielo, denunciando que los alumnos van a clase con armas y les amenazan, al tiempo que han solicitado personal de seguridad para protegerse.

Sinceramente, lo del personal de seguridad es ya un asunto de emergencia, porque de lo contrario, muy pronto vamos a estar hablando de un profesor o de un alumno muerto a manos de otro en un centro escolar. Supongo que las autoridades harán algo a ese respecto.

Pero el problema no se soluciona así. Y mucho me temo que la solución no se va a poner en práctica, porque requiere darle la vuelta al sistema como a un calcetín, volver al respeto al maestro y al profesor, instaurar la obligación de aprender y de esforzarse y recuperar valores y tradiciones que un mal día nos parecieron anticuados, pero que son la auténtica base de la convivencia pacífica y moral.

Lo contrario es lo que tenemos ahora: ausencia de valores, masas impulsadas por la anarquía como forma más bella de organizar el mundo y, dentro de ello, violencia por los cuatro costados.

Mal vamos. Pero muy mal.

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