Agresiones a homosexuales en pleno siglo XXI

Tomás López · Almería

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Resulta que en pleno verano del año 2014, avanzado con creces el siglo XXI, Almería salte a las páginas de los medios de comunicación nacionales porque un señor, o un grupo de señores, han decidido que una pareja no puede tomar el sol como llegaron a este mundo por el mero hecho de ser homosexuales. Seguramente, a estas alturas, usted se creerá esto que le estoy contando porque durante el día de ayer lo pudo conocer a través de diversos medios informativos.

La historia es como la han escuchado, como les cuento: una pareja homosexual de 53 y 70 años, paseaba tranquilamente por la Playa de Torregarcía y, de repente, presuntamente habrá que decir, un presunto ser humano se abalanzó sobre ellos al grito de “Maricones, ni un paso más”. Como siempre decimos, no queremos juzgar a nadie antes de que lo hagan los jueces y queremos, nos gustaría mucho que estos hechos no hubieran sucedido nunca, ojalá fueran producto de la imaginación de los denunciantes.

Sin embargo, de no ser así, de confirmarse que este hombre ha procedido tal y como hemos podido conocer por las versiones policiales y de los propios denunciantes, una vez más hemos de perder toda confianza, toda esperanza en el género humano.

Como en las agresiones racistas (ayer también fue noticia una de éstas, en otro lugar de nuestro país), sin personalizar en una en concreto, el hecho de que haya gente capaz de agredir a alguien en virtud de su condición sexual nos lleva a pensar que algo estamos haciendo mal, pero rematadamente mal, entre todos.

De hecho, no hace falta agresión alguna: que todavía a estas alturas haya gente, gentuza más bien, que se crea superior, que piensa que posee más derechos que otra persona, por elementos tan poco significativos como la condición sexual, la raza, la nacionalidad, la religión o incluso la condición ideológica (que también sucede) es signo de que estamos mucho menos evolucionados, que somos mucho menos racionales de lo que nosotros pensábamos.

Hay que rechazar todo esto, no podemos quedarnos indiferentes, no nos puede dar igual. Ahí fuera hay especímenes presuntamente humanos a los que les gustaría borrar de este mundo a los homosexuales, a los negros, a los gitanos, a los moros, a los inmigrantes, a los judíos, a los musulmanes, a los cristianos y, en definitiva, a los diferentes; sin darse cuenta de que los diferentes son ellos. ¿Habrase visto una tara mayor que la de estos individuos?

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