Agredir al maestro

Álvaro Fuentes Soler · Almería

 221216

Leíamos ayer, en la prensa, la noticia de una posible doble agresión a docentes en la zona de El Ejido, en concreto, de un menor a una profesora de Balerma y la de un padre a un profesor de Matagorda. Dos casos muy diferentes, pero igualmente vergonzantes.

Que un alumno agreda a un docente no es más que la consecuencia de la sucesión de gobiernos que han ido restando paulatinamente respeto y protección a la figura de quien nos ha de enseñar, el maestro, el profesor; y de unas leyes de educación que han atentado directamente, cada cual más que su antecesora, contra la ley del esfuerzo, del mérito y de la superación.

Que un padre agreda al profesor de su hijo significa ni más ni menos que para él importa un carajo el trabajo que se hace con él, las horas de desvelo y esfuerzo por hacer de él una mejor persona y por trasladarse valores y conocimientos.

Ambas cosas están pasando de manera evidente en la sociedad actual. La sociedad camina hacia el ‘vale todo’, hacia el ‘yo soy el mejor y no necesito a nadie’. En ese camino, encontramos el desprecio absoluto a la edad y a los mayores, al conocimiento y a los tenedores de éste, a la autoridad que siempre había representado el maestro.

Hoy mola mucho más la igualdad, ese concepto tan absurdo y que coloca en el mismo plano, a la misma altura, al que sabe y al que ignora, al que trabaja y al que se rasca la barriga, al que se esfuerza y al que pasa de todo, al que se preocupa y al que vive la vida, al que se ha logrado un lugar en la vida y al que desprecia el trabajo que ello conlleva.

Hoy en día, hay padres que inculcan a sus hijos que ellos no son menos que el maestro, ni que el policía, ni que el alcalde, ni que el dueño de la empresa que les paga y les permite comer a final de mes; que su criterio vale lo mismo que el de todos ellos y que vale todo.

Hoy en día se nos ha metido hasta el tuétano la falacia y la demagogia de la igualdad por encima de todo, esa diabólica del derecho a la igualdad… de oportunidades, convertida en la tubería por la que circula el ‘vale todo’.

Y como vale todo, también vale pegarle dos tortas al maestro, tanto si eres un alumno como si eres su padre. Lo que prima es no molestar demasiado a nuestros hijos, no sea que sufran un puñetero trauma infantil, esa enfermedad del futuro de la que no sabíamos nada los que teníamos que estudiar para pasar de curso, hace tres décadas o más.

Lo que prima es que nuestros hijos no den mucho por el saco con preocupaciones, exámenes, tareas ni otros estorbos, que tengan una buena tele en la habitación, un ordenador desde el que chatear hasta las tantas y un móvil último modelo en el que comentar con sus colegas el palizón que le han pegado esta mañana en el cole a un profesor o a un compañero.

Es la sociedad que estamos construyendo. Es de suponer que los políticos de culo cuadrado y alergia a la calle que nos han gobernado hasta ahora estarán muy satisfechos de las leyes de las que nos han dotado hasta ahora, para conseguir que la educación sea un término vacío de contenido y la enseñanza una gran mierda de proporciones hercúleas, que nos está conduciendo directamente al abismo. 

Al final, llevarán razón los que decían que una buena bofetada a tiempo es la mejor medicina contra la mala educación.

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