Escándalo de los fondos europeos en Andalucía: de la presunción de inocencia a la necesidad de esclarecimiento

Tomás López · Almería

 170414

Es la semana del escándalo por los fondos europeos destinados a formación en Andalucía. Escándalo porque desde el Ministerio del Interior se ha dejado caer que en el uso y distribución de los fondos europeos destinados a formación ha habido un fraude masivo. El consejero de Educación y Cultura de la Junta, Luciano Alonso, ha puesto el grito en el cielo. Estamos, de nuevo, una vez más, ante un caso en el que los juicios paralelos, la rumorología y los globos sonda se adelantan al dictamen de la justicia, creando culpables que más tarde no sabremos si lo serán o no.

Ciertamente estamos hablando de un escándalo de proporciones bíblicas y es tremendo que la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal haya encontrado indicios de un delito tan espectacularmente gigante como éste del que estamos hablando. Pero seguimos viviendo en un país en el que, en teoría, los ciudadanos, seamos o no políticos, seguimos siendo inocentes hasta que se demuestre lo contrario.

No he escuchado al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, hablar sobre el particular, aunque en defensa de su cartera no le vendría mal recalcar esto de que todos somos inocentes hasta que no hable un juez.

Más allá de todo esto, dejando sentada la importancia de que de una vez por toda los políticos, los periodistas y todos los creadores de opinión pública nos pongamos de acuerdo en preservar la presunción de inocencia como derecho constitucional que es (aunque también es cierto que la propia ley lo daña con excepciones como la presunción de veracidad de las fuerzas de seguridad o de las mujeres en casos de violencia de género), es muy importante que se investigue a fondo qué es lo que ha pasado con esos dos mil millones cuyo paradero, hoy por hoy, es desconocido.

Y es importante sobre todo para aquellas asociaciones, entidades y sindicatos que están ahora bajo sospecha. Particularmente bajo sospecha están los sindicatos, no ya por este caso, que todavía está abierto y, por tanto, habrá que respetar la mencionada presunción de inocencia, sino por otros muchos en los que la culpabilidad ya se ha demostrado.

Los sindicatos han funcionado mal en este país. Muy mal. Pero no todos ni todas las personas que han trabajado en ellos. El sindicato, que no deja de ser un contrapoder en su filosofía original, se ha convertido en un poder, en un foco de clientelismo y de generación de recursos para sí mismo, en lugar de para los trabajadores a los que teóricamente ha de defender.

Miles de millones en manos de ese foco de clientelismo es una vía abierta a la posibilidad de corruptelas, al uso indebido y al fraude, como ya se ha demostrado en otros casos. Habrá que investigar a fondo en éste, sobre todo por el bien y por el buen nombre de todos los que, perteneciendo a un sindicato, obran de buena fe, con honradez y abnegación.

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